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Contemplamos un icono de Cristo glorioso, fruto de una reposada meditación sobre la pasión que coincide con la teología del cuarto evangelio: la muerte del Cordero ilumina y da vida al mundo.
 
Está pintado sobre tela hacia el año 1100 por un artista desconocido del valle de la Umbría italiana, y se inspira en el románico de la época y en la iconografía oriental. Posteriormente se pegó sobre madera. Mide 2,10 metros de alto por 1,30 de ancho. El autor no podía sospechar la trascendencia que su obra iba a tener en la Iglesia.



El Cuerpo de Jesús, sangrante y crucificado, muestra la humildad divina que redime al mundo, y contrasta intencionadamente con la blancura y la luz que de su pecho se desprende. Está crucificado, pero no da esa impresión. Más bien parece que está de pie sobre la cruz, queriéndose salir. La cruz, más que lugar de suplicio, se convierte en trono y sede desde donde reina victorioso sobre la muerte.
 
La corona no es de espinas, sino redonda, con una cruz griega en su interior que nos indica que Cristo es "coronado de gloria y honor por su pasión y muerte". El rostro está sereno, sosegado, sin signos de dolor. En la línea de la tradición de los iconos, tiene los ojos grandes, la boca pequeña y las orejas diminutas, casi invisibles. Y es que en la contemplación del Padre no hace falta hablar ni escuchar. Basta con mirar; mirar y amar, como Cristo contemplando al Padre.
 
Los ojos del Cristo están muy abiertos, mirando a través de nosotros a todos los hombres, envolviendo a quienes están cerca y alcanzando a quienes viven hoy, a quienes han vivido y a quienes vendrán... porque viene a salvarnos a todos.
 
La franja ancha horizontal que ocupa la zona transversal de la cruz es de color negro. simboliza la tiniebla y el reino de la muerte; es el sepulcro sobre el que se eleva, no un cadáver, sino la fuente de la vida, Cristo, que sale triunfante del sepulcro. Sus manos abiertas y sus brazos extendidos quieren acoger a la humanidad y llevarla al Padre, hacia quien apuntan sus manos. Con ese gesto nos invita a mirar más allá de la muerte y del dolor para fijar la atención en la vida plena que Él disfruta.

La inscripción IHS NAZARE REX IUDEORUM nos lleva al capítulo 19 del evangelio de S. Juan. Los otros evangelios omiten la palabra "nazareno". Juan, en cambio, quiere acentuar que el Cristo que está ahora, lleno de luz, reinando junto al Padre, es el Nazareno que pasó por la pobreza y vivió de su trabajo.
 
Sobre la inscripción, un círculo; y en el círculo, Cristo en su ascensión. Un viento imaginario, reflejado en la túnica y la capa, escenifica el movimiento del Señor que se eleva, como si estuviera subiendo una escalera. Lleva en la mano izquierda una cruz dorada, signo de su victoria sobre el pecado. Alarga su mano derecha en dirección al Padre. En la iconografía, el círculo es signo de perfección; no obstante, la cabeza del Cristo rompe el círculo, lo sobrepasa, lo mismo que su plenitud sobrepasa toda perfección humana. Por eso su rostro está por encima del círculo.

A izquierda y derecha, unos ángeles miran a Cristo entrando en la gloria. Son rostros felices. Cristo se alegra con ellos y, sin dejar de mirar hacia el Padre, sigue vuelto hacia todos. Aún en su Ascensión y gloria, Cristo continúa su obra salvadora.
 
Un semicírculo; el círculo completo simbolizaría al Padre, pero de Él sólo conocemos lo que Cristo nos revela. Por eso sólo vemos la mitad; la otra mitad es incognoscible, es el misterio de Dios.
 
Los dos dedos pueden tener un doble significado.Pueden referirse a las dos naturalezas de Cristo, o bien, simbolizar al Espíritu Santo: "el dedo de la diestra del Padre". El papa Inocencio III, en la inauguración del IV Concilio de Letrán, se refiere al Espíritu como "dedo de Dios". Francisco no podía contemplar a Cristo sin asociar al Padre y al Espíritu.

Bajo cada mano y antebrazo de Cristo hay dos ángeles. La sangre de las llagas los purifica y se derrama por el brazo sobre los personajes situados más abajo. Así simboliza que todos participan de la pasión redentora de Cristo.


 
Dos personajes parecen llegar, en los extremos de los brazos de la cruz. Señalan con la mano el sepulcro vacío, simbolizado por la oscuridad de detrás de los brazos de Cristo: ¿No serán las mujeres que llegan al sepulcro para embalsamar el cuerpo y a quienes los dos ángeles muestran a Cristo glorioso?


A los flancos de Cristo hay cinco personajes íntimamente unidos a Él. Estamos en el evangelio de Juan: "Junto a la cruz de Jesús estaba su madre, María, mujer de Cleofás, y María Magdalena" (Jn 19, 25). Acerquémonos a estos personaje s, cuyos nombres aparecen al pie de sus imágenes.

  
A la derecha de Cristo están María y Juan. Juan, como en la Cena, al lado mismo de Jesús. Él fue quien vio atravesar su costado y cómo manaba sangre y agua (Jn 19, 35), y quien lo atestiguó veraz. María está serena, sin signos exagerados de dolor ni turbación, como quien espera al pie de la cruz que su esperanza no quedará defraudada. Su mano izquierda en el mentón indica dolor y reflexión; su derecha señala a Cristo, mostrando a Juan el sentido de las cosas. Ella aparece en su papel: llevarnos a Cristo y ayudarnos a comprenderlo.
 
A la parte izquierda de Cristo están María Magdalena, que con la mano izquierda en el mentón manifiesta su dolor, y la otra María, la madre de Santiago el Menor, que apunta con su mano a Jesús resucitado, invitando a María Magdalena a no encerrarse en su propio sufrimiento. Junto a las dos mujeres, un hombre, el centurión romano que, al ver que Jesús había expirado de esa manera, dijo:

"Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios" (Mc 14, 39). Es el modelo de todos los creyentes. Parece sostener en su mano izquierda el rollo en el que estaba escrita la condena. Con su mano derecha, y tres de sus dedos, anuncia su fe en Dios Trinidad.
 
Por encima del hombro izquierdo del centurión romano asoma una pequeña cabeza, y detrás, como un eco de ésta primera, otras tantas. Bien podría ser el hijo de éste, al que Jesús curó, pero, ¿no estará ahí representada la humanidad, todos los creyentes, que venimos a contemplar a Cristo para entrar en su misterio y reavivar nuestra fe?.
 
A los pies de María, un personaje más pequeño. Leemos su nombre: Longino. Es el soldado romano que le clavó la lanza. Mira a Cristo y sostiene en la mano la lanza que le traspasó el costado.

Al otro lado, a los pies del centurión, otro personajillo, Apoya la mano en la cadera y parece mofarse de Cristo crucificado. Sus vestidos hacen pensar en el jefe de la sinagoga. Curiosamente, su rostro aparece de perfil, cosa extraña en un icono. Este hombre no ha alcanzado aún la luz de Cristo, y es menester que la otra parte de su rostro, la que no se ve, salga de la oscuridad y se deje iluminar por la Resurrección.
  
En el pie de la cruz, a la derecha, hay dos personajes: Pedro, con una llave, y Pablo. Debía haber otros, pero el tiempo los ha borrado. Quizá fueran santos del Antiguo testamento, o San Damián, patrono de la iglesita donde estaba el crucifijo, o incluso San Rufino, patrono de la catedral de Asís. La sangre de las llagas se difunde sobre ellos y los purifica. Sobre Pedro, a media altura, frente a la pierna izquierda de Cristo, encontramos un gallo en actitud desafiante. Evoca la negación de Pedro... y las nuestras. También es símbolo de la mañana y de la Resurrección. El gallo anuncia con su canto los primeros rayos de sol y nos invita a todos a salir del sueño para adentrarnos en la luz de Jesús resucitado.

*** *** ***
 

Este es el Cristo que movió a Francisco a iniciar su obra. Él supo ver más allá de la imagen, adentrándose por medio de los colores y las figuras en el Misterio de Dios. Ahora nos toca a nosotros saber mirarlo, leer sus detalles, y rezar.

 

El de San Damián es el crucifijo más extendido del mundo. Sigamos el ejemplo de generaciones de hermanos y hermanas de la familia franciscana se han postrado ante este crucifijo implorando luz para cumplir su misión en la Iglesia e incorporémonos a la mirada de Francisco y Clara. ¡Si este Cristo nos hablara también hoy a nosotros! Orémosle. Escuchémosle. Dirijámonos a Él con las mismas palabras de Francisco:
 

 
Oh, alto y glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón;
dame fe recta, esperanza cierta
y caridad perfecta;
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla tu santo y veraz mandamiento.
 
 
 
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Casa de Espiritualidad Santa María de Regla
Provincia Franciscana de la Inmaculada Concepción